El ladrón

Una vez tuve un gorrión de mascota, como un gato o un perro. El bicho  salía a comer, jugar y regresaba a bañarse y a dormir. Era un dragón que rompía cigarros, urgaba en el monedero y en una ocasión lo vi apagar la radio. Gorrión ingrato, pensé un día.

Un día no regreso ni dijo pio para despedirse.

Al tercer día de lo que puedo llamar la desaparición, mi vecina, adicta al karaoke y pocas veces desesperada, me pidió consejo, se “encontró” a un pajarillo que resultó una urraca ladrona pues se tragó su fina pulsera. Acto seguido del atraco, el gorrión andaba como si nada vaciando la alacena de la susodicha.

Como yo conocía a ese andrajo de la moral aviar, entré y lo atrapé con una ridicula gorra rosada.

Al salir, le prometí a mi vecina recuperar en breve su alhaja, cosa que no pasó porque al verme, salio disparado por una ventana.

Juraría que al echarse al vacio del vuelo, se iba sonriendo el ave áquella, porque en sus patitas traía, bien agarrados un par de finos pendientes.

Moraleja: no todo lo que vuela, es un gorrión bueno.

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