El destino me salvará

Me arrendé una vida
para poder matar a la antigua
No esperé a que naciera
le dí toda mi sangre verdadera

Sin buscar encontré algo
Que me con mueve cuando lo abro
Brilla en mi cara como un cuarzo

Álvaro Henríquez, Los Tres

El cuaderno

Tú no conocerás cómo domo mi miedo
Para hacer de mi voz mi valentía,
Dando al olvido inútiles desastres

A un poeta futuro*. Luis Cernuda

 

*Cambiad el título por favor

No todos los hombres son iguales

No todos los hombres son iguales. Hay hombres hermosos como bebés grandes, hombres cuyos besos saben a miel envenenada, hombres mariposas con vidas efímeras y coloridas; hombres payasos, siempre listos para hacerte reír; hay hombres araña de cuyos brazos es inútil querer escapar, con ellos lo único efectivo es quedarse muy quieta, casi sin respirar y dejarse caer en la red. Hay hombres magos, reptiles, hombres gato, gusanos, sapos, cuervos. hombres esclavos, que en cuanto sienten tu presencia se arrodillan frente a tu pubis a adorarte, echándose a tus pies como pequeños roedores. Hay hombres feos, que son de los que una se enamora con locura. Hombres peludos como osos; hombres cavernícolas, hombres frágiles como copos de nieve, hombres con el corazón de opaco cristal de roca. Hay hombres de hielo, cuya presencia congela los pulmones, el hígado y las pasiones; hombres con dedos de mármol y lengua de gelatina sin sabor, hombres que fabrican estalactitas en tu sexo. Hay hombres actores, para los que las relaciones no son mas que otra oportunidad de representar su papel, hombres boy-scout, siempre listos para arreglar el depósito del baño, preparar un té, matar cucarachas; hombres contadores que te tocan con dedos de cuarzo líquido como a una delicada calculadora; hombres astronautas,que en menos de lo que canta un gallo, pueden llevarte de la Tierra a Plutón, pasando a la vuelta por todos los demás planetas; hombres coleccionistas, que te cazan y exhiben junto a otros trofeos macabros; hay hombres-papás, que te llevan al zoológico y te acarician los cabellos con manos asperas. Hombres, hombres. No, nunca diría que son todos iguales. Pero ¿Porqué me tocan siempre los mismos?

Sobre los límites del bien y del mal

“Ni tampoco hay nadie que ame, persiga y quiera alcanzar el dolor mismo porque sea dolor, sino porque a veces se dan las circunstancias de tal manera, que con esfuerzo y dolor puede obtener algún gran placer. En efecto, para ir a cosas insignificantes, ¿quién de nosotros asume algún ejercicio físico trabajoso si no es para conseguir alguna ventaja de él? Por otra parte, ¿quién censuraría con razón a aquel que quiere estar en un placer al que no siga ninguna molestia, o a aquel que huye del dolor con el que no se produce ningún placer? Pero sin duda acusamos y juzgamos como los más dignos de un justo aborrecimiento a aquellos que, ablandados y corrompidos por el encanto de los placeres presentes, cegados por el deseo, no prevén los dolores y las molestias que han de sucederles, y están en falta semejante quienes abandonan sus deberes por debilidad de espíritu, es decir, por huir de esfuerzos y dolores.”

De finibus bonorum et malorum (Sobre los límites del bien y del mal). Cicerón

Como sombras y sueños

“…la verdad es que el sueño a veces se vuelve inoportuno, y Orlando Barreto cabecea incluso cuando se sienta a la mesa para comer (¿o eso fue antes?, sí, eso fue antes, durante los últimos días de la temporada activa/entusiasta/eufórica: mientras Orlando Barreto se movía, todo estaba bien, pero bastaba con que se sentara en una silla, en el asiento de un coche –afortunadamente él no maneja–, en el sillón de una sala en una fiesta, para que el sueño se apoderara de él, como si tuviera narcolepsia). Luego, la necesidad de sueño va en aumento, y ya no son suficientes las pequeñas siestas y los cabeceos: duerme una o dos horas en la mañana, una o dos horas en la tarde. Aún piensa que está reponiéndose y que pronto pasará esa etapa. Pero no pasa, y viene entonces el desaliento, las preguntas sobre el sentido de su vida, esas preguntas que no tienen respuesta, o sólo una respuesta que él no quiere oír, ¿o sí?, ¿sí quiere? A veces parecería que se complace en ese discurso derrotista en que sobresale con frecuencia la palabra “fracaso”: ¿qué ha hecho con su vida?, ¿de qué han servido tantos años? Después viene el miedo (aunque no está seguro de que aparezca en ese orden: quizá primero viene el miedo y luego el desaliento, o quizá vienen juntos), el miedo a todo, y vienen los achaques, la obsesiva incomodidad de las molestias físicas, y la sensación de torpeza, de estupidez, y Orlando Barreto ya no quiere salir de su casa, donde no está a gusto, pero al menos se siente libre de amenazas, o de amenazas mayores. Y viene la zozobra. Y la angustia ya no se va. Y el deseo sexual desaparece. Y nada le produce alegría. Y el sueño se vuelve la actividad compensatoria por excelencia…”

Como sombras y sueños. Luis Zapata

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Somos invencibles

Somos inmortales durante nuestro principio. Somos invencibles. Lo sabemos todo porque no hay mucho que saber. Somos puro Capítulo Uno. Conocemos lo básico, lo que realmente importa, lo imprescindible: reglas simples para sobrevivir en la jungla de nuestros días breves pero intensos en los que intuímos a la perfección quiénes son nuestros amigos y nuestros enemigos. Entonces nuestras flamantes antenas captan sin dificultad el lenguaje secreto del universo. Con los años -con el ruido blanco del conocimiento de lo inútil, con la estática de la información innecesaria y el paulatino aproximarse de la muerte- nos vamos convirtiendo en personas cada vez más ignorantes y temerosas de puertas que mueve el viento o de teléfonos que suenan en la oscuridad del centro exacto de la noche. Así, a la hora incierta de recordar con tristeza nuestro vigoroso ayer, no somos más que astronautas corruptos de una luna inocente en cuya espalda alguna vez plantamos una bandera y desde la que todo nos parecía más grande y majestuoso, no porque, como se piensa, nosotros fuéramos más pequeños que las habitaciones que nos contenían, sino porque nuestra capacidad de asombro, no era, todavía, el ejercicio de un músculo pequeño y difícil de ubicar sino un latido constante al que alcanzaba con cerrar los ojos para sentirlo adentro de nosotros, marcando el tiempo de los hombres y la velocidad de las cosas. Sí, nuestro pasado más remoto estaba tan próximo y era tan breve y preciso que se confundía con lo acontecido horas atrás mientras nos deslizábamos por un presente más largo que todo el futuro. Por eso es durante la infancia cuando más nos atrae el rugir de los motores de la ciencia-ficción: el antes es ínfimo; el ahora no es más que una sucesión de fotogramas; el después lo es todo y por eso no es extraño que, a medida que crecemos, el futuro nos interese cada vez menos y nos provoque menos interrogantes porque, sí, comenzamos a comprender que nunca llegaremos a ser parte de él.

Página 19, Mantra, Rodrigo Fresán