Instrucciones

Consejo 1. Antes de volver a embarcarse en navíos de dudosa reputación, apréndase las siguientes:

Definiciones

El mar. Es ancho y húmedo, salado. Se mira siempre de frente y con entereza. Al final uno sale limpio e invencible. Amar sigue siendo difícil… andar también. En el mar hay muchas cosas, pero sobre todo hay agua, agua, siempre agua. Recuerde: no hay sed que se la beba…

El poeta. Sus primeros poemas son siempre maldiciones (los que siguen también). Se enamora seguido y cae con la misma frecuencia. Se levanta despacio sobre papel y tinta. Por reír mejor llora. Está en peligro de extinción.

El viento. El verdadero capitán del mundo. Dirigiendo polvo y caminos se divierte con nosotros y, dicen, no lo pasa tan mal.

Consejo 2. Es común, en viajes largos, que se presenten imprevistos. Por eso es muy conveniente seguir, al pie de la letra, las…

Instrucciones para olvidar y recordar amores

Sáquese despacio ese amor que le duele al respirar. Sacúdalo un poco para que despierte. Lávelo con cuidado, que no quede ni una sola impureza. Limpio y oloroso proceda a doblarlo tantas veces como sea necesario para tener el tamaño de la uña del dedo gordo del pie derecho. Espere el paso de una hormiga, ser noble y generoso, y pásele la pesada carga. Ella lo llevará a guardar en alguna profunda caverna. Hecho esto, vaya y rellene, por enésima vez, la pipa de tabaco frente al mar de oriente. El olvido llegará conforme se termine el tabaco y el mar se acerque a usted.

Si quiere recuperar ese amor que ahora olvida, basta escribir una larga carta hablando de viajes desconocidos, hidras, molinos de viento, oficinas y otros monstruos igualmente terribles. A vuelta de correo tendrá su amor tal y como lo envió, acaso con un poco de polvo y sueño en la cubierta. . .

Vale de nuevo. Salud y… ¿nos vemos?

El Sup ya en altamar, ajustado el catalejo y acomodándose el parche. A lo lejos una tormenta. . .

Instrucciones para olvidar y recordar amores

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Mujeres: mediar para reconocer otros mundos en este mundo . Alicia Gil Gómez y Dora Sales Salvador

Beethoven

 No me canso de admirarlo por encima de cualquier otro. Lo maravilloso de él es que no nada más su música es sublime, vigorosa, telúrica, que enriquece el alma y provoca una elevación espiritual en el acto mismo de escucharla, sino que además su vida es ejemplar. Soy muy ignorante, pero ningún otro caso entre los hombres del arte me parece semejante en cuanto a la tragedia que tuvo que vencer. Siempre solo, siempre aferrado a la soledad —no porque él lo hubiera querido así—, al desdén y al desprecio, su vida —su música— fue una continua lucha cuesta arriba. Quién más, quién menos, todo mundo le cerró las puertas. Cada conquista le valía la rechifla general. Su interpretación pianística avanzaba como un tornado, cosechando éxitos extraordinarios —nunca antes soñados por pianista alguno—, cuando le sobrevino la sordera. En cuanto a sus obras, cuando estaba a punto de poder disfrutar de un ingreso suficiente, la moneda se devaluó por la intervención napoleónica. Y en lo que se refiere a su vida íntima, jamás pudo cristalizar el amor. Aunque al cabo del tiempo, decepcionado de esa institución llamada matrimonio —“No he conocido ningún matrimonio en el cual, después de algún tiempo, uno u otro de los cónyuges no se haya arrepentido. Y en cuanto al pequeño número de mujeres cuya posesión me hubiera parecido tiempo atrás la suprema dicha, he comprobado después que era una gran suerte que ninguna haya llegado a ser mi mujer. ¡Ah!, ¡qué bien está que las ansias de los mortales, muchas veces, no se vean cumplidas!”—, seguía latente en él la más enconada lucha por cristalizar el amor. Pero estaba solo —“yo vivo solo, solo”, dice en una carta.

Eusebio

Los Tres en mi radio:

Me arrendé una vida
Para poder matar a la antigua
No esperé a que naciera
Le dí toda mi sangre verdadera

Sin buscar encontré algo
Que me con mueve cuando lo abro
Brilla en mi cara como un cuarzo

El sol volvió al corazón
Nos salvó de una muerte feroz
El destino me salvará a su vez
De la abulia que prometió volver

Dejemos hablar al viento

Sentí de pronto, sin alivio ni tristeza, que yo había dejado de tener motivo.

Me serví otro vaso y le pregunté al Pibe Manfredo: “A qué hora cruzamos?”

JCO

Cuando la vida te echa fuera

“Para M.C.

Querida Tan Triste: Comprendo, a pesar de ligaduras indecibles e innumerables, que llegó el momento de agradecernos la intimidad de los últimos meses y decirnos adiós. Todas las ventajas serán tuyas. Creo que nunca nos entendimos de veras; acepto mi culpa, la responsabilidad y el fracaso. Intento excusarme —sólo para nosotros, claro— invocando la dificultad que impone navegar entre dos aguas durante X páginas. Acepto también, como merecidos, los momentos dichosos. En todo caso, perdón. Nunca miré de frente tu cara, nunca te mostré la mía.”

J.C.O.

El Pozo

Seguí caminando, con pasos cortos, para que las zapatillas golpearan muchas veces en cada paseo. Debe haber sido entonces que recordé que mañana cumplo cuarenta años. Nunca me hubiera podido imaginar así los cuarenta años, solo y entre la mugre, encerrado en la pieza. Pero esto no me dejó melancólico. Nada más que una sensación de curiosidad por la vida y un poco de admiración por su habilidad para desconcertar siempre. Ni siquiera tengo tabaco. No tengo tabaco, no tengo tabaco. Esto que escribo son mis memorias. Porque un hombre debe escribir la historia de su vida al llegar a los cuarenta años, sobre todo si le sucedieron cosas interesantes. Lo leí no sé dónde. Encontré un lápiz y un montón de proclamas abajo de la cama de Lázaro, y ahora se me importa poco de todo, de la mugre y el calor y los infelices del patio. Es cierto que no sé escribir, pero escribo de mí mismo.

EL POZO de Juan Carlos Onetti

 

Aunque yo te regalé una edición de El Pozo, me devolviste tu ejemplar de La Vida Breve y en la primera pagina escribiste: “Jamas tú y siempre yo, nuestro nunca igual a siempre pero al revés”. Fue la última vez que te vi, en el segundo tendido de sombra, whiskys secos y manos frías. Me pareció raro el gesto y trate de investigar, me pediste espacio para no confundir el rumbo. Además ya no querías fumar ni dar explicaciones. Pasaron semanas para que yo terminara mi investigación sobre qué pasaba contigo. En unas horas recordaré que odiabas mi cara triste y amabas mi cara de loca cuando reía con mi divorcio. ¿Qué puedo hacer? Desde que te conozco estoy cada día más loca. No estoy lista para leer el obituario, ni los epitafios, regresar al tendido, la soledad, ni dormir, no puedo dormir, estoy olvidando, solo puedo recordar tus manos, será porque con las manos decimos Adiós.